La gente común encuentra “normal” que las personas con discapacidad releguen, escondan o inhiban sus intereses y necesidades sexuales. Que se olviden de ese pedazo de terreno que es tan vital para todas las personas...
Autor: Aloyma Ravelo
Una amiga querida, que vive con discapacidad, me comentaba que siempre se queda perpleja cuando le preguntan con cierto aire de asombro: “¿Y usted trabaja?” Recordando la anécdota, se me ocurre pensar que mayor será la sorpresa si mi amiga, por casualidad, menciona que tiene un esposo colosal y una hija traviesa.
Esto es pensar en cosas excepcionales o inauditas. Si se hace un breve sondeo al azar, habrá consenso en afirmar que las mujeres con discapacidad son asexuales, especialmente aquéllas con deformidades o parálisis de una parte de su cuerpo y en la medida que dependen más de alguien para poder vivir.
Pero el asunto es más complicado que un criterio generalizado sin base ni sustento: Todos los individuos somos seres sexuados, independientemente de nuestra condición física. Todas y todas necesitamos del amor, las caricias, recibir y brindar afecto.
Circulan por ahí otras creencias desafortunadas, como la de pensar que una mujer con discapacidad pierde interés por todo lo erótico o limita sus aspiraciones sexuales a personas como ella.
También, que es incapaz de atraer a un hombre que no lo sea, y si ocurre, la suspicacia se pone en función y se buscan otros elementos, especialmente económicos, que sustenten el porqué de la unión entre un “normal” y una que no lo es.
Estos y otros criterios demuestran lo incóm